Fue hace 28 años. El PNV había decidido convocar una manifestación contra ETA. Iba a tener lugar en Bilbao. Recuerdo que la izquierda abertzale arremetió contra nosotros con una dureza inusitada. De entre las críticas que recibimos, destacó la proferida por Mario Onaindia, que nos tildó de oportunistas, mientras vaticinaba que todo lo que aquel gesto nos iba a permitir ganar por la derecha, íbamos a perderlo por la izquierda. Y aprovechó la ocasión para criticar una vez más el abertzalismo claudicante de un PNV que, en su opinión, renunciaba a las reivindicaciones nacionales más elementales.
Después, Onaindia evolucionó. Y lo hizo con tanta energía, que acabó militando en el PSOE y escribiendo libros furibundamente antinacionalistas. La izquierda abertzale radical que profesaba en 1978, se convirtió, con el paso de los lustros, en una socialdemocracia tenue y antiabertzale. En lo social, su pensamiento político evolucionó 89 grados. Pero en lo nacional, 180. Eso sí, continuó dándonos clases de racionalidad y coherencia políticas, hasta su muerte.
No ha sido el peor. Otros, que en el pasado fueron, también, izquierdistas e hiper abertzales, militan, ahora, en el PP. Es el caso de Jon Juaristi. Su giro ha sido de 180 grados, tanto en lo social, como en lo nacional.
Quienes definen su identidad ideológica sobre el doble pilar izquierdista e independentista, gozan, siempre, de amplias ventajas a la hora de situarse y actuar en el terreno político. Su nacionalismo radical les permite criticar a los nacionalistas tibios, acusándolos de traidores y vendepatrias, sin que eso les impida a ellos acogerse a su identidad de izquierdas, para entenderse políticamente con partidos españoles (también de izquierdas), sin que su ideario se resienta lo más mínimo. Porque son independentistas, pero también son de izquierdas. Y el eje de sus alianzas puede ser el nacional, pero también puede ser el social. Y los dos ejes forman parte de su identidad política. Esto ocurrió con muchos de los antiguos Euskadiko Ezkerras. Que se quedaron en el PSOE, sin que se les alterara lo más mínimo el color y el gesto de la cara. Pero la historia no acabó con ellos. Hay otros en similar situación que, mucho me temo, acabarán haciendo lo mismo.
El de ERC es un ejemplo paradigmático de esto que digo. En cuestión de meses, ha contorsionado sus mensajes, hasta extremos increíbles. Hace unos meses, su secretario general, Joan Puigcercós, declaraba a un diario vasco (DEIA 8 de mayo de 2006) que la vocación de su partido consistía en conformar un núcleo independentista y de izquierdas, frente al regionalismo de CiU que, en su opinión, estaba, cada vez, más cerca del PSC. ¿No teme un futuro pacto de gobierno de CiU y PSC en la Generalitat?, le preguntaba el periodista. Su respuesta era terminante.
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